En el corazón de África, sobre la ciudad de Bangui — capital de la República Centroafricana — el campo magnético de la Tierra se desvía de lo esperado con una intensidad que no tiene equivalente en la región. La zona afectada mide unos 700 por 1.000 kilómetros, cubre la mayor parte del país y aparece, en los mapas derivados de satélite, como una mancha roja oscura rodeada de tonos más suaves. Los geofísicos la llaman anomalía magnética de Bangui, y aunque lleva más de seis décadas cartografíada, sigue sin tener un origen aceptado. No es un mito, ni una leyenda urbana: es un caso documentado de la geofísica contemporánea, con medidas publicadas en revistas revisadas por pares, que aún espera una explicación limpia.
Lo que sigue no es una historia de ovnis ni de conspiraciones. Es el retrato de un rompecabezas científico real: cómo se descubrió, qué se midió, qué dos hipótesis siguen compitiendo por explicarlo y por qué ninguna ha conseguido imponerse.
Cronología de un descubrimiento
La historia documentada empieza en 1956, cuando se recogieron los primeros datos magnéticos de superficie en la actual República Centroafricana. Seis años después, en 1962, los geofísicos franceses Raymond Godivier y Lucien Le Donche analizaron esas mediciones y publicaron la primera descripción de una anomalía regional que no encajaba con el campo magnético esperado para esa latitud.
La confirmación llegó desde el aire y desde el espacio. En 1964, el satélite soviético Cosmos 49 realizó las primeras mediciones magnéticas globales desde órbita baja, y sus datos — combinados con campañas aeromagnéticas de la US Naval Oceanographic Office — confirmaron que el fenómeno no era un artefacto local. En la década de los 70, los Observatorios Geofísicos Orbitales de la NASA, que operaban entre 350 y 500 kilómetros de altitud, refinaron la cartografía.
El salto cualitativo llegó en 1979. El 30 de octubre de ese año, la NASA y el United States Geological Survey (USGS) lanzaron al espacio Magsat (Magnetic field Satellite, también conocido como Explorer 61 o Applications Explorer Mission-C). Magsat fue la primera misión dedicada en exclusiva a mapear el campo magnético terrestre desde órbita. Llevaba dos magnetómetros de alta precisión: uno de fluxgate triaxial, para medir dirección e intensidad, y otro de vapor de cesio, capaz de medir el vector con una exactitud sin precedentes. Los datos de Magsat, combinados con las observaciones previas, dieron lugar en 1982 al primer mapa global coherente del campo magnético de la litosfera, y fue precisamente entonces cuando los geofísicos Robert D. Regan y Bruce D. Marsh bautizaron formalmente la estructura como anomalía de Bangui, por la ciudad que ocupa su centro.
Una elipse de 700 por 1.000 kilómetros
Las dimensiones de la anomalía son inhabituales. Tiene forma elíptica, con un eje largo de unos 1.000 kilómetros y un eje corto de unos 700 kilómetros, y cubre prácticamente toda la República Centroafricana. En superficie, la intensidad magnética se desvía hasta −1.000 nanoteslas por debajo del valor esperado para esa región; esa desviación se reduce a unos −20 nanoteslas cuando se mide desde la altitud de Magsat, a unos 400 kilómetros. La transición entre ambos extremos define un gradiente vertical muy marcado, lo que indica que el origen del fenómeno está relativamente cerca de la superficie.
El parámetro clave, en geofísica, es la amplitud pico a valle. En Bangui es una de las más intensas del continente africano, comparable a las anomalías magnéticas del Kursk en Europa oriental o a las del Benue Trough y la Cuenca del Congo, situadas al norte y al sur. La diferencia es que en esas otras dos regiones las rocas del Cámbrico inferior están aflorando y se puede inspeccionar la fuente; en Bangui, no.
| Parámetro | Valor medido |
|---|---|
| Dimensiones (eje mayor × menor) | ≈ 1.000 × 700 km |
| Diámetro del eje corto | ≈ 550 km |
| Amplitud en superficie | −1.000 nT |
| Amplitud a 400 km de altitud | −20 nT |
| Anomalía gravimétrica Bouguer | −120 mGal |
| Anillo topográfico asociado | ≈ 810 km de diámetro |
El rompecabezas geofísico
La anomalía magnética no viene sola. Cuando se cruzan los datos magnéticos con los gravimétricos y con la geología de superficie, aparece un cuadro coherente pero inquietante. Asociada a Bangui hay una anomalía gravimétrica Bouguer de −120 miligales, es decir, un déficit de masa notable bajo la región. En superficie, la topografía dibuja un anillo de unos 810 kilómetros de diámetro, una forma aproximadamente circular que los geofísicos interpretan como un posible borde estructural. En el centro afloran rocas del Arcaico tardío y del Proterozoico: granulititas, charnockitas y granitos en la corteza inferior, así como greenstone belts y basaltos metamorfizados en superficie.
La distribución no es trivial. El borde norte de la anomalía coincide con una zona de corteza más delgada; el borde sur, con una corteza relativamente más gruesa. El ecuador magnético terrestre — la línea donde el campo es horizontal — pasa por el centro de la estructura, lo que la hace especialmente sensible a pequeñas variaciones laterales de magnetización.
Todas estas pistas son lo bastante robustas como para escribir un artículo científico y lo bastante ambiguas como para no zanjar la cuestión.
Dos hipótesis, ninguna definitiva
Desde 1999, cuando un equipo del Lunar and Planetary Institute de Houston revisó las medidas y las puso en relación con los datos de Magsat, el debate se ha organizado en torno a dos familias de explicación. Ninguna de las dos ha podido confirmarse de manera concluyente.
1. Una intrusión ígnea de gran tamaño. La hipótesis más sobria es que bajo Bangui existe un cuerpo ígneo antiguo — un plutón o una capa basáltica — con una magnetización lo bastante fuerte y extensa como para producir el patrón observado. Es la explicación por defecto en geofísica, y encaja razonablemente bien con la combinación de anomalía magnética, déficit de masa y rocas ígneas en superficie. El problema es que ningún sondeo profundo ni ninguna campaña sísmica ha confirmado la geometría exacta de esa intrusión.
2. Un impacto meteórico precámbrico. La hipótesis alternativa, más llamativa, apunta a un impacto de gran tamaño ocurrido hace más de 540 millones de años. En su favor se ha citado un paralelismo geológico curioso: los carbonados — agregados negros de diamante policristalino, distintos a los diamantes gema convencionales — solo se encuentran en dos lugares del planeta, la República Centroafricana y el estado de Bahía, en Brasil. Esos dos territorios estaban unidos en el supercontinente Pannotia hace unos 545 millones de años. Análisis de isótopos de plomo publicados en la literatura especializada sugieren que los carbonados cristalizaron hace unos 3.000 millones de años; un impacto posterior podría haberlos redistribuido, pero la conexión causal con Bangui sigue siendo una hipótesis, no una observación.
El reanálisis de 1999 — la referencia citada en la mayoría de artículos posteriores — terminó con una conclusión honesta: ninguna de las dos hipótesis es concluyente con los datos disponibles.
Por qué Bangui sigue en la lista de misterios documentados
Tres razones mantienen esta anomalía en el catálogo de casos abiertos de la geofísica. La primera es instrumental: la propia estructura es grande y limpia, con una firma magnética bien definida, y por eso se ha usado como banco de pruebas para sucesivas generaciones de magnetómetros satelitales. La segunda es geológica: combina una anomalía magnética, una anomalía gravimétrica del mismo signo, una forma topográfica en anillo y un contexto de rocas arcaicas — una combinación rara que no se repite fácilmente en otros continentes. La tercera, y la más interesante para el lector no especializado, es que sigue sin tener un veredicto.
Lo que no se sabe
Para cerrar con honestidad: no existe, en la literatura revisada por pares disponible, una confirmación directa de ninguna de las dos hipótesis. No se ha perforado un sondeo profundo en el centro de la anomalía; no se ha fechado de forma independiente un posible cráter de impacto; no se ha establecido una relación causal firme entre los carbonados de Bangui y los de Bahía. Lo que hay es una anomalía magnética y gravimétrica medida con precisión, dos hipótesis razonables y un consenso científico explícito: la cuestión sigue abierta.
Fuentes
- Antoine, L. A. G.; Reimold, W. U.; Tessema, A. (1999). «The Bangui Magnetic Anomaly Revisited». Proceedings 62nd Annual Meteoritical Society Meeting, n.º 34. Lunar and Planetary Institute, Houston. https://www.lpi.usra.edu/meetings/metsoc99/
- Gubbins, David; Herrero-Bervera, Emilio (eds.) (2007). Encyclopedia of Geomagnetism and Paleomagnetism. Springer, pp. 39–40. ISBN 978-1-4020-4423-6.
- Langel, R. A.; Hinze, W. J. (1998). The Magnetic Field of the Earth’s Lithosphere: The Satellite Perspective. Cambridge University Press, pp. 11–12. ISBN 978-0-521-47333-0.
- Lowman, Paul D. (2002). Exploring Space, Exploring Earth: New Understanding of the Earth from Space Research. Cambridge University Press, pp. 95 y 97. ISBN 978-0-521-89062-5.
- Regan, R. D.; Marsh, B. D. (1982). «The Bangui magnetic anomaly». Earth and Planetary Science Letters (citado por la literatura posterior).
- «Magsat (Explorer 61)». NASA / USGS mission profile. https://en.wikipedia.org/wiki/Magsat (consulta 2026-06-20).
- «Bangui magnetic anomaly». Wikipedia (en). https://en.wikipedia.org/wiki/Bangui_magnetic_anomaly (consulta 2026-06-20).
- «Carbonado». Wikipedia (en). https://en.wikipedia.org/wiki/Carbonado (consulta 2026-06-20).



















