En el atolón Kwajalein, en mitad del Pacífico Sur, un avión L-1011 modificado —el Stargazer— espera la señal para soltar un cohete Pegasus XL con una carga inhabitual: no un satélite nuevo, sino un «mecánico orbital» llamado LINK. Su misión, si funciona, será algo que nunca se ha intentado a esta escala en el sector comercial: agarrar en pleno vuelo a un telescopio veterano de la NASA y elevarlo antes de que la atmósfera lo arrastre de vuelta a la Tierra.
El telescopio en cuestión es el Neil Gehrels Swift Observatory, lanzado en noviembre de 2004 y pieza clave durante dos décadas para cazar estallidos de rayos gamma, llamar a otros telescopios cuando algo explotaba en el cielo y mapear el universo en luz ultravioleta. La ironía es cruel: el mismo Sol que Swift ayudó a estudiar durante años terminó enviando más viento solar del habitual, y esa actividad solar extra aceleró su caída.
Las cifras que hay que mirar
| Dato | Valor |
|---|---|
| Nombre del telescopio | Neil Gehrels Swift Observatory (NASA) |
| Lanzamiento original | Noviembre de 2004 |
| Umbral crítico de altitud | ~185 millas (~298 km) |
| Órbita objetivo tras el «boost» | ~370 millas (~595 km), casi la original |
| Satélite de servicio | LINK (Katalyst Space) |
| Masa de LINK | ~880 libras (~400 kg) |
| Tamaño de LINK | ~5 pies (~1,5 m), un tercio del tamaño total de Swift |
| Propulsión y agarre | 3 propulsores iónicos + 3 brazos robóticos |
| Cohete | Pegasus XL (Northrop Grumman) |
| Lanzamiento desde | Avión L-1011 «Stargazer», atolón Kwajalein (Islas Marshall) |
| Plazo de diseño y construcción de LINK | Menos de 12 meses (contrato de sept. 2025) |
| Próximo intento de despegue | 1 de julio de 2026, 5:43 a.m. EDT |
Por qué Swift está cayendo
Cualquier satélite en órbita baja terrestre pierde altura poco a poco: la atmósfera, aunque es muy tenue ahí arriba, frena al vehículo como una mano invisible. Lo habitual es que el satélite compense ese frenado con sus propios motores, o que, simplemente, termine reentrando y desintegrándose cuando se queda sin combustible. Swift no fue diseñado para repostar en órbita ni para ser reparado por otra nave.
En los últimos meses, una racha de mayor actividad solar hinchó y calentó la atmósfera superior, lo que multiplicó la fricción sobre Swift. Los modelos de la NASA empezaron a proyectar que el observatorio cruzaría el umbral crítico de unas 185 millas de altitud hacia julio de 2026. Cruzar ese umbral significa, en la práctica, el inicio de una caída imparable.
Cómo se frenó la caída mientras tanto
El equipo de operaciones del telescopio, en el Eberly College of Science de la Universidad Penn State, no se quedó de brazos cruzados. Cambió dos cosas: primero, dejó de elegir objetivos científicamente interesantes y pasó a elegir orientaciones que pusieran a Swift en la posición más «aerodinámica» posible —es decir, la que ofrece menos resistencia al rozamiento—. Segundo, redujo el consumo eléctrico para recolocar los grandes paneles solares en un ángulo que también disminuye la fricción.
Es una solución elegante y provisional: no frena la caída, solo la retrasa. Las nuevas predicciones orbitales de la NASA indican que, con esta maniobra, Swift podrá aguantar por encima del umbral crítico hasta otoño de 2026. A partir de ahí, o llega LINK, o llega el final.
LINK, el satélite que «agarrará» a Swift
LINK es un vehículo pequeño —unos 880 libras de masa y cinco pies de altura, aproximadamente un tercio del tamaño total de Swift— pero muy especializado. Lleva tres brazos robóticos para sujetar a Swift y tres propulsores iónicos para empujarlo suavemente hacia arriba, sin generar sacudidas que dañen al telescopio veterano. Casi 20 pies de paneles solares alimentan esos sistemas.
«Swift no fue diseñado para ser reparado», explica Ghonhee Lee, consejero delegado de Katalyst. «Si conseguimos alargar su vida de forma rápida y rentable, estamos creando un modelo para atender satélites que nunca se pensaron para mantenimiento en órbita. Si queremos una presencia duradera más allá de la Tierra, necesitamos esa capacidad». La empresa pasó las pruebas de vacío y temperatura en el Space Environment Simulator del Centro Goddard de la NASA el pasado 28 de abril, y completó chequeos adicionales en sus instalaciones de Broomfield, Colorado.
La coreografía del lanzamiento
El Pegasus XL es un cohete peculiar: se lanza en el aire, desde un avión. El Stargazer, un L-1011 modificado por Northrop Grumman, despega primero con el cohete y LINK bajo el fuselaje. Una vez sobre el punto exacto del atolón Kwajalein —en la República de las Islas Marshall, pleno Pacífico Sur—, suelta el Pegasus, que enciende su motor y mete a LINK en órbita. Esa flexibilidad geográfica es la razón por la que se eligió este sistema: Kwajalein está muy cerca de la órbita actual de Swift, lo que reduce la espera para el encuentro.
El Stargazer con el Pegasus y LINK partió de la base Wallops Flight Facility de la NASA en Virginia el 18 de junio. Lleva desde entonces esperando la ventana meteorológica en Kwajalein. El 30 de junio el lanzamiento se pospuso por condiciones desfavorables; el siguiente intento está fijado para el 1 de julio de 2026 a las 5:43 a.m. EDT (9:43 p.m. hora local de Kwajalein).
Una cuenta atrás de menos de un año
Uno de los datos más llamativos del proyecto es el plazo. La NASA firmó el contrato con Katalyst en septiembre de 2025. Desde ese momento, la empresa ha tenido menos de un año para diseñar, construir, probar y lanzar un satélite con capacidad de encuentro y agarre autónomo en órbita. En la industria aeroespacial tradicional, eso es un calendario brutalmente corto.
«Es una misión de alto riesgo y alta recompensa», resume Shawn Domagal-Goldman, director de la División de Astrofísica de la sede de la NASA en Washington. «Swift juega un papel notable en nuestra flota. Tenemos mucho que ganar intentándolo, y es más asequible que reemplazar sus capacidades». El intento, además, sirve para empujar a una industria —el servicio orbital comercial en EE. UU.— que hasta ahora solo tenía demostraciones puntuales.
Qué ha hecho Swift en 22 años
Swift no es un telescopio cualquiera. Fue diseñado para moverse rápido: cuando detecta un estallido breve en rayos gamma —el tipo de evento más violento del universo—, gira en segundos para apuntar a otros telescopios en órbita y en tierra, que se coordinan para observarlo a tiempo. Esa capacidad de «alerta» lo ha convertido durante dos décadas en el centinela del cielo variable.
Su legado incluye descubrimientos clave sobre estallidos de rayos gamma, supernovas, agujeros negros y cometas. La imagen más célebre de su archivo es probablemente el mosaico en ultravioleta de la galaxia de Andrómeda (M31): 330 tomas individuales que suman la mayor resolución jamás conseguida de M31 en esa longitud de onda.
Lo que todavía no sabemos
Aunque el calendario es público, hay zonas grises que la NASA no cierra todavía:
- Duración exacta del «boost». La agencia habla de «varios meses» desde que LINK se enganche a Swift hasta completar la subida. No hay fecha firme para el final de la operación.
- Reutilización de LINK. No está confirmado si, tras dejar a Swift en su nueva órbita, el satélite de servicio podrá usarse para otro encuentro o si está pensado como vehículo de un solo uso.
- Coste final. Algunos medios mencionan una cifra cercana a los 30 millones de dólares, pero la NASA no publica el importe oficial del contrato.
- Plan B si algo falla. La agencia no detalla qué pasa si LINK no consigue agarrar a Swift o si el acoplamiento sale mal a mitad de la subida.
Por qué importa más allá de Swift
Si LINK consigue su objetivo, la consecuencia inmediata es la más visible: Swift seguirá observando el cielo. Pero la lectura de fondo es mayor. Durante décadas, los satélites en órbita baja han sido tratados como consumibles: se lanzan, cumplen su misión y, al quedarse sin propelente, reentran y se queman. La idea de agarrarlos en órbita y reposicionarlos cambia las reglas del juego. La NASA ya lo intentó con éxito en órbita geoestacionaria (proyectos como Mission Extension Vehicle), pero la órbita baja, más densa y dinámica, es otro reto.
Por eso, aunque el objetivo nominal sea un solo telescopio, lo que se está probando es un modelo de negocio. Si funciona, la próxima pregunta no será si otros satélites pueden ser «rescatados», sino cuánto costará hacerlo y quién lo pagará.
Lanzamiento inminente
El 30 de junio de 2026 estaba prevista la apertura de la ventana de lanzamiento desde Kwajalein, con horario revisado a las 6:17 a.m. EDT. La meteorología obligó a posponer. El siguiente intento es el 1 de julio de 2026 a las 5:43 a.m. EDT (9:43 p.m. UTC+12). Si LINK llega a órbita, pasarán varias semanas de pruebas antes de que intente acercarse a Swift, evaluarse mutuamente y, llegado el momento, agarrarlo. La subida completa durará meses, no minutos.
No es ciencia ficción. Tampoco es una conspiración. Es, simplemente, una de las maniobras más delicadas que la NASA y el sector privado hayan intentado juntos en órbita baja. Y, si sale bien, será recordada como el momento en que mantener un satélite en el cielo dejó de ser un lujo.
Fuentes
- NASA Science (oficial): Partners, NASA Ready for June Launch of Swift Boost Mission (Jeanette Kazmierczak, 26 de junio de 2026; nota editorial actualizada el 30 de junio de 2026).
- NASA (página de misión): Swift Boost Mission — NASA.
- NASA Scientific Visualization Studio (imagen M31): Swift Observatory — NASA Science.
- NASA Goddard Space Flight Center (fotos oficiales LINK y Pegasus/Stargazer).



















