¿Qué ocurriría si nuestro planeta perdiera todos sus desiertos? Aunque suene extremo, hubo un tiempo en que la vasta región del Sahara fue un paisaje verde y fértil. Entre hace aproximadamente 11.000 y 5.000 años, el Sahara experimentó un periodo húmedo —a veces llamado el Sahara Verde— y, a lo largo de millones de años, episodios similares se han repetido con cierta regularidad debido a las oscilaciones del eje terrestre. Imaginar un reverdor global de los desiertos no es, por tanto, una fantasía total; sin embargo, sus consecuencias serían complejas y de gran alcance.

La circulación del aire del planeta cambiaría drásticamente
Hoy cerca del 20% de la superficie terrestre es desierto; muchas de esas zonas se ubican entre los 30 y 50 grados de latitud, mientras que las regiones ecuatoriales suelen ser trópicos húmedos. Al mediodía, el sol calienta con más fuerza el ecuador, el aire caliente asciende, se enfría y provoca lluvias en la zona. El aire enfriado continúa moviéndose y forma un patrón de circulación atmosférica conocido como célula de Hadley, desplazándose hacia latitudes más secas donde vuelve a descender y calentarse. En ese descenso, el aire recoge humedad en trayecto y deja las zonas subyacentes más áridas.

Cuando regiones como el Sahara estuvieron más vegetadas, las células de Hadley se expandieron y captaron más humedad, lo que provocó monzones más extensos y fuertes. Esos cambios alteraron los vientos alisios, que influyen en la formación de huracanes y tormentas tropicales. Si las células de Hadley se desplazaran a otras latitudes, nuevas áreas se verían expuestas a estos fenómenos meteorológicos —o los recuperarían—, tal como indican análisis de sedimentos antiguos. Además, el polvo sahariano transportado por el viento atenúa algunas tormentas atlánticas; sin esa barrera de polvo, podrían surgir tormentas más intensas o frecuentes.
Ecosistemas únicos se perderían
Aunque muchas personas tienden a despreciar los desiertos, esos biomas albergan una diversidad singular que no puede reproducirse fácilmente en otros ambientes. Si los desiertos se reverdizaran, los ecosistemas exclusivos del desierto se verían seriamente amenazados. Una mayor biodiversidad suele traducirse en ecosistemas más resistentes, recursos adicionales para humanos y fauna, y un amortiguador frente a los efectos del cambio climático.

En el pasado, la fauna del Sahara era muy distinta a la actual. Excavaciones en Níger han mostrado que el yacimiento de Gobero albergó cocodrilos, hipopótamos, jirafas y elefantes, además de poblaciones humanas. Hoy día aún hay comunidades viviendo en partes del Sahara, pero especies como hipopótamos ya no vagan libremente por allí.
Los grandes desiertos también actúan como barreras para especies menos adaptadas; un desierto que se vuelve verde puede funcionar como una puerta abierta, permitiendo que plantas y animales se expandan hacia nuevos territorios y transformen ecosistemas previamente aislados. Investigación publicada en Nature Communications muestra que ese periodo de apertura durante el Sahara Verde influyó en los movimientos de especies por África y condicionó trayectorias evolutivas futuras, incluidas migraciones humanas ocurridas hace unos 120.000 años.
Las poblaciones animales cambiarían
Si los desiertos se hicieran más verdes, muchas especies deberían adaptarse. Por ejemplo, el zorro fénec, un cánido de los desiertos intensos del norte de África y partes de la península arábiga, tiene orejas grandes que le ayudan a disipar el calor y patas peludas adaptadas para desplazarse sobre arena caliente. Su pelaje también le protege de las noches frías del desierto, pero investigaciones indican que el fénec sufre estrés por frío a temperaturas moderadas. Un Sahara más parecido a una sabana exigiría transformaciones fisiológicas y conductuales a estas especies, aunque algunos animales podrían ajustar su comportamiento sin extinguirse.

Otras especies, en cambio, podrían adaptarse con facilidad. Los lagartos monitors incluyen especies que prosperan en desiertos severos de África, Asia y Australia, y otras que viven en ambientes tropicales e incluso acuáticos. Estos reptiles, como el dragón de Komodo en Indonesia, muestran que el mismo grupo puede ocupar hábitats muy distintos, por lo que una expansión de hábitats tipo sabana no sería necesariamente un obstáculo para todos los taxones.
En un pasado remoto —hace unos 56 millones de años—, una Antártida más templada acogió marsupiales y parientes de perezosos entre otras muchas especies, un contraste marcado con la baja biodiversidad actual tras la desertificación y el enfriamiento.
Los desiertos verdes están vinculados a grandes cambios climáticos
Hoy se habla mucho de desertificación, el proceso por el cual tierras fértiles se vuelven áridas por la suma de fenómenos climáticos y degradación del suelo. La idea de reverdecer zonas desertificadas resulta atractiva, pero el impacto climático de ese proceso no está del todo claro. Algunas investigaciones señalan que ciertos desiertos actúan como sumideros de carbono, reteniendo CO2 que de otro modo contribuiría al efecto invernadero; al mismo tiempo, ambientes tipo sabana, similares al antiguo Sahara Verde, también almacenan cantidades notables de carbono.

Además, regiones polares como el Ártico y la Antártida se consideran desiertos por su baja precipitación; sin embargo, contienen grandes masas de hielo y corrientes oceánicas —como la Corriente Circumpolar Antártica— que influyen de forma compleja en la circulación del aire y el clima global. Hace millones de años, un aumento del CO2 atmosférico derritió casquetes y convirtió la Antártida en un paisaje más húmedo. Hoy, los cambios climáticos, potenciados por la actividad humana, complican cualquier predicción: un reverdor en áreas polares o en grandes desiertos tendría repercusiones en las corrientes oceánicas, en el almacenamiento de CO2 por el permafrost y, en última instancia, en la trayectoria del calentamiento global.




















